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19 julio 2019

La cocina comunitaria de Terras da Costa o la dimensión procesual en la arquitectura del espacio público

Rodrigo Coelho

Entre los acantilados y el mar de Caparica, en Almada, en el margen sur del río Tajo, se encuentra la Cocina Comunitaria de Terras da Costa, un proyecto desarrollado, en colaboración, por el Ateliermob i el colectivo Warehouse. Se trata de una pequeña intervención realizada en un barrio de génesis ilegal –el barrio de Terras da Costa—donde viven casi 500 personas, en su mayoría de origen gitano y caboverdiano. Desde sus orígenes, en los años 70, el barrio se enfrenta a una situación de aislamiento, viviendo su población en un contexto de extrema precariedad, sin acceso a saneamiento básico, agua canalizada o electricidad (que no llegó hasta hace muy poco). Estas condiciones explican que, para cocinar, sea práctica frecuente encender hogueras dentro o en la proximidad de sus casas y que, para hacer acopio de agua, de una fuente pública, sea necesario recorrer cerca de un quilómetro.

Invisible para la ciudad que fue creciendo a su alrededor, la Cocina Comunitaria de Terras da Costa constituye un ejemplo notable de cómo una intervención modesta (con poco más de 200 metros cuadrados), orientada por un proceso participativo, puede ser un factor de incremento del nivel de vida y del reconocimiento y refuerzo del sentido comunitario. Aunque es imprescindible subrayar el resultado final y la metodología de trabajo seguida (a la que regresaremos más adelante), es igualmente relevante recuperar aquí la genealogía de esta línea de proyectos, para comprender mejor sus premisas y el verdadero alcance que pueden tener en la actualidad, y en particular en el caso portugués.

 

Antecedentes: los años 60 y 70 en la formación de una responsabilidad política y social de la arquitectura portuguesa

“Porque es hombre, y porque su acción no está fatalmente determinada, debe tratar de crear aquellas formas que mejor servicio puedan prestar ya sea a la sociedad o a sus semejantes, y para ello su acción implicará, más allá del drama de la toma de decisiones, un sentido, un objetivo, un deseo permanente de servir” [1]

La Cocina Comunitaria de Terras da Costa constituye, sin duda, un ejemplo notable de una propuesta de arquitectura participativa, heredera de una tradición que, desde los años 60, está en el centro de las preocupaciones de la mejor arquitectura y de los mejores arquitectos portugueses. Nos referimos a arquitectos como Fernando Távora, Nuno Portas o Álvaro Siza, que tanto en su discurso teórico como en su práctica profesional, destacan la responsabilidad política y social de la Arquitectura, que se consolidan y dejan huellas profundas en la cultura arquitectónica, sobre todo debido al programa SAAL (Serviço de Apoio Ambulatorio Local)[2]

Sin querer negar la importancia que autores y arquitectos como Giancarlo De Carlo o Bernard Rudofsky tuvieron y tienen en la promoción de procesos participativos en arquitectura, el panorama portugués está, de hecho, profundamente marcado por el programa SAAL, que después de la Revolución de los Claveles el 25 de Abril de 1975 (en un contexto de carencia efectiva y generalizada de vivienda), permitió poner en práctica la participación activa de los habitantes en el proceso de concepción y construcción de sus propias viviendas.

Esta idea de “democratización de la arquitectura”, sobre la cual se fundamentó el programa SAAL, basada en la búsqueda de un modelo de “sociedad alternativo”, permitió (incluso teniendo en cuenta el breve período en que estuvo en vigor) la realización de decenas de intervenciones por todo el país, en que fue posible moldear un modo distinto –circunstancial y local—de pensar y hacer arquitectura (en particular el programa de vivienda) al privilegiar un enfoque en el cual las poblaciones se veían desafiadas a tomar decisiones sobre su propia organización colectiva.

Es justamente en esta línea de proyectos donde se puede y se debe leer el proyecto de la Cocina Comunitaria de Terras da Costa. Un proyecto (como otros de los equipos implicados) que interpreta con gran rigor y pragmatismo, pero también sensibilidad y atención al lugar y a quienes lo habitan, y que, sobre todo, es capaz de lees las condiciones de su tiempo, los procesos y los actores que lo moldean.

Se puede decir que estamos frente a un ejemplo inequívoco de un proyecto y obra que, desde el “inicio” hasta el “final”, asume la verdadera naturaleza de lo que debe o puede ser un proceso participativo en arquitectura; es decir, como refiere Jeremy Till, un proceso donde “la participación no es (…) una disculpa para la mediocridad; no es una distracción para valores supuestamente superiores. La participación es el espacio en que la esperanza es negociada. Lo que está claro es que esta esperanza no se refiere tan sólo a un futuro mejor para los usuarios del ambiente construido, sino también a un futuro mejor para la práctica arquitectónica.” [3]

Por lo tanto, procesos como el de la cocina de Terras da Costa reabren el debate sobre la idea de participación en arquitectura, sobre los objetivos y valores que esta metodología de trabajo incorpora, y sobre el importante papel que la arquitectura y los arquitectos pueden tener en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, al negarse a dejar en la sombra y en la invisibilidad a los grupos más necesitados.

En este sentido deben ponerse de relieve no tan sólo los efectos producidos por la obra en sí –en lo que son los beneficios directos en términos de la infraestructura física creada y los beneficios que de aquí se derivan en términos de la creación de un espacio de verdadera dimensión colectiva y de uso común—sino que sobre todo es crucial entender los potenciales efectos que el proceso implica a nivel del desarrollo social y cultural de la comunidad en cuestión.

Se vuelve así fundamental subrayar que el proceso que orientó la construcción de la Cocina Comunitaria de Terras da Costa además de reforzar el sentido de comunidad y de permitir valorizar la autoestima individual y colectiva de los habitantes del barrio, promovió modelos de trabajo que llevan implícita la idea de compartir competencias y conocimiento con los usuarios, tal como sucedió en muchas experiencias del SAAL.

Así pues, el proceso que llevó a la construcción de la Cocina de Terras da Costa está conducido de tal modo que, parafraseando a Giancarlo De Carlo, todas las barreras entre los constructores y los usuarios quedan abolidas, para que la construcción y la utilización se conviertan en dos partes distintas del mismo proceso de planificación.[4]

La idea de construcción y producción participativa del espacio se convierte en este caso, tal como De Carlo lo entendió, en el espacio de reflexión y de indagación de las necesidades y las aspiraciones que pueden tener en común los habitantes de una comunidad, correspondiendo al arquitecto, en un segundo momento, programar y liderar un método de participación, organizando la información, la forma como intervienen los participantes y el orden en que se realizarán las actividades.

 

La arquitectura como proceso participado: de la circunstancia al diseño

Por este motivo no debemos contemplar la Cocina Comunitaria de Terras da Costa como un “objeto terminado” sino como el corolario de un proceso de mediana duración, que se inicia en un workshop (que tuvo lugar en 2012 en el Departamento de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Lisboa), donde el Ateliermob, invitado a participar, identificó enseguida la precariedad de las condiciones de vida en que se veía inmersa esta comunidad, y asumió el papel de mediador y la responsabilidad en las negociaciones con las entidades públicas y privadas que condujeron, al cabo de cinco años, a la construcción efectiva de la cocina.

La Cocina de Terras da Costa es pues el resultado de un proceso que se inicia en junio de 2012 (año de crisis profunda en que el país se hallaba bajo la intervención de la Troika [5], a en 2017, con la finalización de la obra.

Entretanto, otras etapas fueron decisivas para la consolidación de la propuesta construida, como por ejemplo la decisión tomada por la comunidad de que la acción prioritaria para la mejora de las condiciones de habitabilidad del barrio sería la construcción de la cocina comunitaria; o la decisión tomada de forma compartida del lugar donde debería ser construida la cocina (decisión tomada en el ámbito de un grupo de trabajo ampliado formado, entre otros, por los miembros del Ateliermob y un grupo de representantes de la comunidad).

Otro momento clave en la orientación del proyecto tuvo lugar en agosto de 2013, cuando se abre la posibilidad de reutilizar la madera que había sido previamente usada en la construcción de la Casa del Vapor (una construcción temporal construida en Trafaria bajo la orientación del colectivo francés EXYZT), y que fue puesta a disposición del proyecto de la cocina comunitaria por este mismo colectivo, que a partir de este momento se implicó asimismo en el proceso).

Finalmente, y no menos importante en el proceso que condujo al desarrollo del proyecto, merecen destacarse el momento en que el Ayuntamiento de Almada acepta hacerse cargo del abastecimiento de agua al barrio (lo que se concreta en los primeros meses de 2014) y finalmente la aprobación de la financiación para la obra por parte de la Fundación Calouste Gulbenkian (a través del programa de Desarrollo Humano ). [6]

 

El propósito

Tal como dijo Álvaro Siza a propósito del proyecto del barrio de Malagueira, en Évora –que la “dificultad no residía en construir casas, sino comunidades” – el mismo principio se puede seguir en el análisis y valoración de la cocina de Terras da Costa en tanto que objeto arquitectónico.[7]

HPor lo tanto no es tan relevante la consideración del edificio teniendo en cuenta sus cualidades espaciales, formales o su materialidad, sino el "edificio en tanto que entidad física concreta que ‘abriga el proceso" (tal como explican los autores del proyecto en uno de los paneles que acompañan la candidatura al Premio Europeo del espacio Público 2018). O, yendo aún más lejos, más importante que el hecho de que la cocina sirva como espacio de convivencia, donde puedan realizarse comidas colectivas, es que la arquitectura construida haya permitido a esta comunidad acceder al agua potable.

Pero creemos que sería injusto no subrayar la justeza y la inteligencia de la forma arquitectónica producida. La escala adecuada y la configuración en “U” del edificio (que acoge con claridad un programa de usos sencillo) revelan la precisión y sabiduría de los modelos arquetípicos, constituyéndose como un soporte coherente, que acepta y promueve otras acciones y lenguajes creativos por parte de sus usuarios, que acaban por determinar el modo como el edificio y sus espacios adyacentes son usados y valorados.

Pero paradójicamente, en cierta medida, estamos frente a un espacio inestable y ambiguo (que se sitúa en algún lugar en la frontera entre lo colectivo y lo doméstico) que en ausencia de una identidad distintiva, puede ser redefinido y moldeado por las actividades transitorias y diversas que acoge. Liberado de un orden impuesto por la forma construida, la Cocina de Terras da Costa pertenece a una categoría de espacios que Margaret Crawford designa como “third space”: “espacios aparentemente vacíos de significado, que adquieren constantemente significados distintos cambiantes –sociales, estéticos, políticos, económicos—a medida que sus usuarios los reorganizan y los reinterpretan. Esto es, son espacios activados a través de la acción social y de la imaginación social” .[8]

Con gran coherencia afirman los autores del proyecto que su trabajo, el papel de la obra y la razón de ser de todo este proceso sólo adquirirá sentido “(…) cuando la cocina pueda ser desmontada y sus grifos dejen de ser necesarios para abastecer a aquella población. Este trabajo sólo habrá sido un éxito cuando las más de 300 personas que habitan en Terras da Costa estén viviendo en una vivienda digna, tal como prevé la Constitución de la República, con agua, desagües, luz y todo a lo que tienen derecho. ” [9]

Mientras este objetivo no se concreta quedará ciertamente el ejemplo de una obra que además de haber permitido crear un verdadero espacio público –en tanto que “escenario ávido de acontecimientos, para que las cosas se crucen y se junten”  [10]– tuvo también el mérito de reabrir el debate sobre la importancia de reconocer la práctica arquitectónica como disciplina relevante y capaz de asumir una participación activa en la discusión y resolución de los problemas de la esfera pública.

 

REFERENCIAS

[1] TÁVORA, Fernando. Da organização do espaço. Faculdade de Arquitectura da Universidade do Porto, Porto, 1996, p. 74.

[2] El programa SAAL (que tuvo lugar entre 1974 y 1976) se desarrolla inmediatamente después de la Revolución del 25 de Abril de 1974 (conocida como la Revolución de los Claveles) en el sentido de dar respuesta a una carencia efectiva y generalizada de vivienda que había sido ignorada a lo largo del período de dictadura que el país vivió.

[3] TILL, Jeremy. Architecture and Participation, eds. Peter Blunder Jones, Doina Petrescu,  Jeremy Till. Spon Press, London, 2005, p. 40.

[4] A propósito de ello, añade además De Carlo que “la agresividad intrínseca de la arquitectura y la pasividad forzada del usuario deben disolverse en una condición de equivalencia creativa y de decisión donde cada uno –con impacto diferente-- es el arquitecto, y cada suceso arquitectónico –con independencia de quién lo concibe y desarrolla-- es considerado arquitectura. Giancarlo De Carlo en Architecture and Participation, ed. Peter Blunder Jones, Doina Petrescu, Jeremy Till. Spon Press, London, 2005, p. 11.

[5]Entre 2010 y 2014, como consecuencia de la crisis financiera global de 2007-2008, el Gobierno de Portugal solicitó ayuda exterior habiendo estado durante este período bajo el dominio de la Troika (formada por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea) que impuso fuertes medidas de austeridad que tuvieron un fuerte impacto a nivel social y económico.

[6] Así, en el verano de 2014, se tienen finalmente reunidas las condiciones para que la obra avance, y hasta septiembre de 2014 no llega el agua a Terras da Costa, a través de una nueva fuente, posteriormente integrada en la nueva cocina. Los trabajos se inician con el apoyo de la comunidad local y de voluntarios de toda Europa, teniendo la primera fase de la obra como principal objetivo la construcción de la estructura principal, del interior de la cocina y del mobiliario exterior así como de la zona de la fuente que había de recibir el punto de agua. La segunda fase de la obra prosiguió con la instalación eléctrica y el sistema de desagües, el pavimento exterior y el tratamiento de la madera. Hay que destacar asimismo la importancia que tuvieron los workshops en todo el proceso, desde las fases previas a los trabajos de construcción hasta las fases de obra.

[7] FLECK, Brigitte. “Évora” en Álvaro Siza. Lisboa, Relógio d’Água, 1992, p. 79.

[8] CRAWFORD, Margaret. Every Day Urbanism. Ed. John Chase, Margaret Crawford, John Kalisky, Monacelli Press, New York, 1999, p. 28.

[10] Manuel Delgado en entrevista al periódico El País (5 de septiembre de 2006)

 

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