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19 mayo 2021

El jardinero del siglo XXI

Teresa Galí-Izard

El jardinero es un humanista. ¿Qué ideas nos ayudan a imaginar los jardines del siglo XXI?

El jardinero del siglo XXI se ha dado cuenta de que ya no puede trabajar solo. Sabe demasiadas cosas y sabe demasiado lo que no sabe. Ha entendido que el XXI será el siglo de las inteligencias colectivas. Es consciente del potencial de que el jardín forme parte del ecosistema urbano, el de los humanos, y que sea accesible a todo el mundo en formas múltiples, pero sabe que solo será posible si se entiende su complejidad.

Tiene conocimientos del presente y del pasado. Sabe dónde encontrarlos. Y tiene la experiencia de su día a día que le permite estar centrado y no perderse en la inmensidad de la información que le rodea. El jardinero del siglo XXI tiene que ser selectivo, sabe que nada es fijo ni eterno. Tiene que trabajar con gente paciente y visionaria y que no busque resultados específicos ni inmediatos. Sabe que plantar un árbol joven hace que el árbol se adapte con facilidad a las condiciones del lugar, porque el árbol para ser árbol necesita su tiempo. Sabe que el jardín del siglo XXI debe tener diferentes actores. Solo con él no es suficiente, y busca cómplices que huyan de eslóganes y de verdades simples, ya que el jardín del siglo XXI es algo muy complejo.

Ya lo había experimentado con su propia observación, pero ahora sabe que debe tener un objetivo ambicioso y lejano y para conseguirlo debe ser capaz de adaptarse continuamente. En la toma de decisiones sabe que debe elegir en función del momento, pero pensando a largo plazo. Los seres vivos con los que trabaja tienen ciclos diferentes, sobrepuestos, infinitos y entrelazados, aparentemente interrumpidos; los seres vivos, al fin y al cabo, somos Uno. El jardín es la superposición de momentos que llaman la atención, de estadios de desarrollo que brillan y se destacan en instantes precisos. Gracias a que pertenecen a una unidad superior, sobreviven parte de sus vidas en el anonimato y solo así este brillo momentáneo que percibimos es posible periódicamente.

Para el jardinero del siglo XXI, un árbol es aquel árbol concreto, arraigado en un sustrato concreto, asociado a otros organismos concretos, en un clima concreto, y por ello para cada árbol tiene una respuesta diferente. No le valen los catálogos, ni las listas ni las teorías generalistas. De la misma manera que se entiende que no hay ningún ser humano repetido, no hay ninguna planta repetida. También sabe que es imposible poner precio a un árbol, porque un árbol es único, y aun menos le pasaría por la cabeza valorar su beneficio, igual que no es posible valorar el beneficio que nos aporta un hijo o un hermano, o un amigo cercano o lejano.

Y aunque entiende la obsesión de los humanos por fijar, clasificar y categorizar, sabe que cada vez que se segrega información se pierde algo que es único de la historia particular de cada uno de los seres vivos. Sabe que es el momento de volver a montar las piezas de un mundo que para ser explicado fue deconstruido. Y es optimista. La labor de volverlas a juntar será imperfecta, porque las piezas están incompletas y siempre lo estarán. En este nuevo ensamblaje, nuevas asociaciones serán posibles, más inclusivas y complejas, y emergerán, probablemente, nuevas formas de entender el mundo, abiertas, que nos darán motivos para decidir cómo queremos ser humanos en el planeta en que vivimos.

El jardinero piensa a menudo en cómo mejorar algo que ya fue casi excelente. Piensa en la actitud invisible, que históricamente ha creado grandes obras, la actitud de observar, de probar, de aceptar, de incluir, de acumular, de combinar, y, de repente, le interesa más la actitud que el resultado final de la obra en cuestión. Porque en la actitud encuentra la esencia, el motor que hace que las cosas sean de una manera. Y cada vez que visita un jardín de verdad, puede identificar esta actitud imperceptible, y sabe también que probablemente alguien del mundo de la ciencia explicará bien pronto y de manera más inteligible cómo funciona esta esencia que es imprescindible para que un jardín sea jardín. Y ese algo invisible probablemente no se podrá medir, y eso será bueno. En la actitud, encuentra el futuro. Encuentra los protocolos para seguir investigando y construir sobre lo que ya ha sido construido.

El jardinero del siglo XXI ha decidido libremente poner límites a su propia libertad, porque es un privilegiado que, si mira atrás, sabe que sus privilegios corren a cargo de otros. Sabe, también como privilegiado, que las limitaciones son poderosas y fértiles fuentes de creatividad.

Cuantas más restricciones más caminos concretos se pueden elegir, más al fondo hay que ir. Aunque sabe que parte de una base que alguien ha forjado previamente. Sabe que aquellas obras que describen la realidad se pueden transformar en poderosas herramientas de trabajo. Pero también es consciente de que nada se puede congelar. El jardinero del siglo XXI piensa en potenciales, en posibles escenarios futuros, y visualiza nuevos pactos, nuevas maneras de convivir en el ecosistema humano, que sean más inclusivas, que se informen de inteligencias todavía no presentes, pero preparadas para estar ahí.

El jardinero se considera humanista, y sabe que la razón, en algún momento, se olvidó del alma y relegó a algo inferior aspectos como la empatía, la generosidad, la prudencia y la creatividad. Y el tiempo.

Y porque es un humanista completo, sabe que la razón y el alma deben ir de la mano.

Y la razón debe incluir el tiempo que contiene información, del presente, del pasado, del futuro, en su atmósfera, en forma de energía. El tiempo en el sentido de espacio que permite que los hechos sedimenten, por lejanos que sean, del futuro o del pasado. Y por ello tiene por costumbre buscar en los cajones ideas olvidadas que le dan luz. Igualmente busca con mucho esfuerzo la voz transparente de los tímidos y marginados.

El jardinero del siglo XXI sabe que el único camino es el de las inteligencias colectivas, y en parte esto le duele profundamente, porque está arraigado a cánones de belleza del pasado. Sabe que debe incorporar otros nuevos, porque los del pasado son el producto de la asimetría entre privilegiados y no privilegiados. Y busca formas nuevas de belleza que se suman a las que ya no tienen contexto, a las que han quedado seleccionadas por el paso del tiempo.

Además, el jardinero sabe que las inteligencias colectivas no tienen nada que ver con los populismos a los que nos hemos acostumbrado, y ve como otra vez se repite la historia. Gran parte de estas inteligencias quedan relegadas a los insignificantes, a los que dudan, a los lentos, a los tímidos, a los que hablan poco. El jardinero ve mucho potencial, porque, entre otras cosas, representan intereses muy profundos, no obvios, lejanos y originales.

Y sabiendo esto, el jardinero se pregunta cómo, qué y con quién celebrar. Huye de los predadores como lo haría cualquier ser vivo, y evita los monocultivos, porque como jardinero sabe que todo lo que es simplista empobrece el entorno. Busca cuál es la manera de celebrar, y probablemente lo que busca tiene que ver con el reencuentro y la charla, con las decisiones tomadas por el camino y los enlaces todavía por establecer. La celebración de los hechos que rodean las obras que le permiten imaginar otros escenarios potenciales, también posibles. Quiere celebrar y llevar a la superficie la posibilidad de nuevas relaciones todavía por descubrir, entre nosotros, los humanos, y entre los humanos y los demás seres vivos.

El jardinero del siglo XXI es un ser humano solitario, prudente y callado, y cuantas más cosas sabe, menos cosas tiene que decir.
 

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