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11 mayo 2021

Espacio público/ Lugar público. El proyecto

Daniela Colafranceschi

Una piazza a Rabat.© Maria Rosa Russo, 2006

Durante años pretendimos urbanizar el campo pero ahora la lógica se invierte. ¿Qué valores y significados aporta el paisaje en la ciudad?

En mis actividades de investigación y de enseñanza me ocupo del Paisaje. Me interesa su vertiente ligada al fenómeno contemporáneo, a su arquitectura y sobre todo a su proyecto. Paisaje como un concepto muy amplio y plural donde convergen cuestiones físicas y culturales de nuestro ambiente de vida. Un ámbito disciplinar que ha evolucionado mucho en el tiempo, y que análogamente a los fenómenos ambientales que sufren una progresiva aceleración transformadora, en las consecuencias directas sobre los sistemas naturales, sobre la biodiversidad, sobre las dinámicas de los territorios, ha ampliado fuertemente un estatuto Ético y al mismo tiempo Estético del Paisaje, que incide fuertemente sobre nuestra sensibilidad al respecto i sobre nuestro sentido de la responsabilidad en el momento de tener que pensar su proyecto.
Me refiero en este sentido a nuestro contexto Mediterráneo, referente más general de una dimensión de conocimientos específicos morfológicos y fenomenológicos arraigados ya en nuestra cultura. El paisaje mediterráneo es un paisaje frágil, pobre, con escasas posibilidades de regeneración, muy vulnerable a las intervenciones urbanísticas e infraestructurales y con poca capacidad de suturar espontáneamente las heridas por ellas infligidas.
Así como hemos comprendido el papel que ha tenido y que tiene el paisaje en la construcción de las culturas en los distintos países del mundo, tenemos también la conciencia del que tiene el espacio púbico en la representación, la expresión, la construcción de la cultura de la ciudad.
Barcelona nos lo enseñó a partir de momento, a mediados de los 80, en que convirtió su estrategia de intervención sobre los espacios públicos en la nueva tarjeta de visita de la ciudad.

Lo que ha sucedido en época reciente es una cierta inversión del punto de vista. La misma que hoy desplaza nuestro pensamiento crítico hacia valores y conceptos que ya no miran de la ciudad hacia el campo  --de acuerdo con aquella ‘centralidad’ invocada por una lógica urbana y buscada en los bordes y en las franjas de nuestras metrópolis— sino del campo a la ciudad, al perseguir valores y significados que llegan a la ciudad desde el paisaje, de acuerdo con una lógica que concierne al paisaje. Un cambio de dirección, una inversión ideológica que nos ayuda a identificar posibles actitudes de proyecto y proyecciones futuras.
Valorar aquello que antes no considerábamos; dar un valor positivo a aquello que en cambio se consideraba negativo; invertir nuestro punto de vista puede permitirnos encontrar el mejor modo de operar. Quisiera explicarlo con algunos ejemplos:

Hemos estudiado la arquitectura de la ciudad, aprendiendo en qué medida la armonía, la proporción, el equilibrio, la composición de los elementos arquitectónicos construían valor urbano; los edificios, el tejido constructivo menor junto a los volúmenes más destacados: el ‘lleno’ que daba sentido al organismo ciudad. En cambio ahora hemos comprendido –por el contrario--  que es el espacio ‘vacío’, entre los edificios, aquel que siempre ha estado ‘lleno’ de significado, el que registra en sí mismo la historia de una sociedad y de una cultura de ciudad; es el que nos habla y mide su contemporaneidad, y la condición del presente al cual pertenece. Lo hace a través de la vida, las emociones, la historia y el comportamiento de los hombres, de las comunidades que en el transcurso del tiempo han habitado y habitan aquel espacio, vacío tan solo en apariencia. Así pues hemos aprendido a leer nuestras ciudades no a través del espacio edificado, sino del espacio ‘abierto’, poniendo en valor precisamente aquellas cualidades identitarias y culturales que hacen que estos espacios no sean, en ningún modo, ‘vacíos’.

Otra inversión de la mirada la hemos registrado en el cambio de visión del urbanismo: hemos comprendido que el urbanismo nos había consignado una disciplina que hasta ayer era la aplicación numérica y cuantitativa de normas, índices, códigos y reglas, en su mayor parte abstractas, que se superponían al territorio, aterrizaban en él, sin necesariamente una adhesión o respuesta a una auténtica vocación propia. Ahora lo hacemos al revés: no es un programa, un plan, el que decide el uso del territorio, sino que es aquella parte del territorio, por el modo en que lo vive la comunidad social, la que expresa su mejor vocación de uso; la que invoca el programa de proyecto que mejor va a reflejar su carácter y su identidad.

Otra cosa más, el alcance ideológico de la Convención Europea del Paisaje: de su ratificación, que tiene ya veinte años, emerge de manera neta la necesidad de pensar el paisaje no refiriéndolo a concretas partes valiosa del territorio, sino al territorio entero y a sus recursos, como resultado de la secular influencia de las actividades antrópicas que se han sucedido y estratificado en él. Esta nueva instancia trae consigo dos consecuencias fundamentales: la primera, bastante revolucionaria, que invierte un concepto de “paisajes de calidad” dirigiéndose en cambio a la ‘calidad del paisaje”, es decir, calidad de todo el paisaje, como producto, imagen inscrita sobre el terreno de una sociedad y de una cultura. La segunda consecuencia es que esta acepción de por sí se refiere a áreas que no son homogéneas; i por lo tanto el paisaje al cual pertenecen no es simplemente la dilatación física de ámbitos territoriales contenidos en su perímetro, sino, en una lógica completamente nueva, el reconocimiento de un paisaje mixto, complejo, híbrido, para el cual no existen fronteras, límites, bordes y donde no se distingue un dentro de un fuera. Es un sistema abierto, geografía de respuestas locales y globales, plurales y específicas de expresiones estéticas, emocionales, sociales.
Así pues, una condición que ha hecho evolucionar el campo disciplinar del Paisaje: ámbito inclusivo, clave interpretativa ética y estética de las cuestiones que se refieren al espacio y a quienes lo habitan, permite comprender en qué medida el territorio/ciudad/espacio público, antes de ser un hecho político, es un hecho cultural.

Nuestras ciudades ya no son organismos únicos y unitarios, sino en relación y diálogo con muchas otras cosas y es precisamente la calidad de esta relación y este diálogo lo que define un concepto de ‘ciudad contemporánea’. De una idea de ciudad compacta y físicamente conclusa, ideológicamente clara y definida, hemos pasado a leer el dispositivo urbano a través de nuevas instancias como son por ejemplo las de red, de interrelación, de ‘sistemas de ciudad’, a una escala mucho más amplia y conceptualmente diferente. Condición que implica precisamente un tema de relación y de diálogo, bajo el cual sería imposible la existencia de una forma urbana completa y cerrada en si misma, porque todas juntas y solo juntas pueden definir aquel ‘organismo urbano en evolución’ que nos habla de complejidad, de multiplicidad, donde las ciudades coparticipan entre sí, una de otra.
Comprender eso, sin embargo, se lo debemos al paisaje, porque aquello que infraestructura las ciudades –y los sistemas de ciudad--  es el paisaje en su correlato cultural, social, antropológico.
La red, la continuidad de relación, lo garantiza el sistema paisaje: cursos de agua, caminos, plazas, calles, avenidas con árboles, parques, substancian ciudad y territorios; alimentan nuestra pertenencia al espacio, nos inducen a una conciencia de calidad de hábitat, en substancia nos legitiman nuestra estatura civil.

El espacio público –siguiendo la idea de invertir el punto de vista— se interpreta entonces según una fuerza que ya no es centrífuga, es decir de exportación del centro hacia la periferia de un estatuto de proyecto que es ‘urbano’, sino de la lógica del paisaje, y por lo tanto del campo, hacia la ciudad, según una fuerza –figurativamente centrípeta--  un estatuto de intervención que se alimenta de ecología, de sostenibilidad, de ambiente, para proponer no una conciliación de naturaleza+ciudad, sino más bien una emancipación de espacio+sociedad.

Me refiero a aquel espacio público intermedio que es también interfaz, que tiene hoy el mismo papel que los ámbitos ‘ecotonales’ que entre dos entidades físicas distintas como son el agua y la tierra encuentran una dimensión entre ellas que es una tercera, diferente y mucho más que encuentro entre las dos, porque es sorprendentemente más rica. Es así con los ‘terceros espacios’ públicos como ámbitos donde el paisaje acoge las innovaciones de un proyecto urbano que no se mide a escala geográfica, pero que de la geografía toma el significado de una sobrescritura de los lugares de lo cotidiano a los que dar sentido y orientación, significado y narración.
Microestructuras de paisaje: paseos, avenidas con árboles, parques fluviales, franjas hortícolas, zonas agrarias productivas, corredores ecológicos, ámbitos forestales, reservas de agua y zonas húmedas, para construir una ciudad que en sus límites presente hoy estas cualidades de bien colectivo y espacio público. Espacios intermedios como geografías que nos son próximas, que nos son comprensibles porque conocemos y reconocemos su significado.
Son dispositivos interescalares que desencadenan procesos de adhesión identitaria del espacio, a través de las modalidades de vivirlo y compartirlo, pero también de pasearlo, atravesarlo, recorrerlo, verlo, percibirlo sensorialmente.

En la vida de nuestras ciudades, el uso de los espacios colectivos se ha modificado fuertemente como consecuencia de los desarrollos sociales y económicos: crisis financieras, paro, flujos de las nuevas migraciones –y más aún ahora, con el bloqueo y la parálisis de cualquier actividad—modifican el sentido del espacio urbano, su percepción, el significado del ‘acceso’ a los ámbitos colectivos de la ciudad, y, en consecuencia, a su uso. Han cambiado los comportamientos, las actitudes y el ‘consumo’ de las plazas, los jardines, las calles y los parques por sus usuarios, en una difusa expectativa de calidad de hábitat más que de ambiente, que es política.
Nunca como ahora y en la contingencia de la pandemia hemos podido repensar el proyecto del espacio público según ambiciones diferentes: menos brillantes tal vez, pero más dirigidas a los espacios de lo cotidiano, a cuanto es doméstico, más próximo a nosotros. Desarrollar una idea plural, responsable e inclusiva del proyecto con el deseo de expresar conceptos necesariamente más permeables y conscientes. Una condición que reclama junto a la dimensión física del espacio la emotiva de vivirlo y las prácticas de participarlo. Un proyecto que resitúa en el centro las cuestiones expresivas, los estados de ánimo, las percepciones, los modos de relacionarse y de aficionarse: cuando de ‘públicos’, los ámbitos urbanos pasan a ser colectivos, domésticos, participados, cotidianos, compartidos. Cuando de ‘espacios’ se convierten en ‘lugares’.

 

Foto: Una piazza a Rabat.© Maria Rosa Russo, 2006

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