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3 junio 2020

«Tenemos que recuperar la posibilidad de infiltrar el verde en nuestras ciudades»

Entrevista a Carme Ribas

Las ciudades denses se han encontrado en el foco de atención a raíz del impacto de la pandèmia COVID-19. En esta entrevista, Carmen Ribes, arquitecta barcelonesa y presidenta de la edición 2014 de Premio Europeo del Espacio Público, reflexiona sobre las perspectivas de futuro de las ciudades. Gran defensora del espacio público, Ribas analiza, en la conversación con Manuel Lillo, director del semanario El Temps, temas claves como la densidad urbana, la movilidad, la renaturalización de las ciudades o la relación entre el espacio público y el espacio privado. Reforzará el coronavirus el valor del espacio público? Cambiarán nuestros barrios?

- En el perfil biográfico que le ha hecho el CCCB se dice que usted participó en la «democratización de los espacios públicos» de Barcelona a inicios de los ochenta. ¿Qué quiere decir esto de «democratizar los espacios públicos»?

- Estamos hablando de hace muchos años, en los inicios del Ayuntamiento democrático, cuando todo estaba por hacer y era necesario democratizarlo todo. Se trabajó mucho, sobre todo, en la reconstrucción del espacio público como soporte de la vida colectiva. En concreto, en Barcelona, se urbanizaron buena parte de los espacios públicos en las zonas céntricas, pero también en los barrios periféricos: abriendo nuevos parques, nuevas plazas, rehaciendo fracturas históricas, urbanizando... Era la época en la que estaba Oriol Bohigas en el Ayuntamiento, que propuso «monumentalizar la periferia»: crear nuevas centralidades, nuevos espacios públicos que dieran identidad a cada uno de los barrios que forman la ciudad. Un grupo de jóvenes que recientemente habíamos acabado la carrera, entre los que me encontraba yo, colaboramos para hacer posible esta perspectiva dentro del Ayuntamiento.

- Habla de hace muchos años. ¿Es necesario todavía «democratizar» más el espacio público?

- Es evidente que es una cuestión que no se tiene que abandonar. No podemos hablar del espacio público sin relacionarlo con el espacio privado. Cada vez hemos ido entendiendo más que estos dos espacios no se pueden desvincular el uno del otro. En estos días de la COVID-19 es muy evidente: los que están sufriendo más los efectos del virus son los barrios en los que la calidad del espacio privado es muy deficiente y tienen más necesidad de un buen espacio público. Ahora, en pleno desconfinamiento, se observa más presión sobre el espacio público en los barrios en los que el espacio privado tiene más deficiencias. Debemos entender que trabajar con el espacio público o colectivo también quiere decir concebir el espacio privado de otra manera. El espacio privado también debe tener espacios de convivencia, espacios comunitarios que son muy escasos en los barrios en los que existe mayor vulnerabilidad porque las viviendas son más pequeñas. Esto, desde nuestra profesión, lo hemos visto mucho: toda la vivienda social o protegida ha ahorrado mucho en los espacios colectivos. Ahora nos estamos dando cuenta de que es importantísimo crear unidades de convivencia que compartan unos ciertos espacios comunes, comunitarios, «públicos». Y en el futuro es una cuestión que habrá que pensar muy seriamente.

- ¿Piensa que la nueva realidad que impondrá el periodo posterior a la pandemia reforzará la consciencia de contar con estos espacios?

- Así tendría que ser. Deberíamos ir hacia a una concepción de la vivienda como unidades de convivencia en las que se compartan algunos espacios más flexibles e, incluso, dar más importancia a los exteriores. Por ejemplo, hay muchas viviendas y promociones de viviendas protegidas sin acceso a las cubiertas, ya que estas no se entienden como espacio compartido porque ello dificultaría el mantenimiento. Creo que todo esto habrá que repensarlo y que en las ciudades densas, como Barcelona, hay que poner en valor estos espacios.

- Pero estos espacios ¿podrían llegar a sustituir el papel que hasta ahora ha jugado la calle en la vida pública?

- No. Creo que una cosa es complemento de la otra. La calle seguirá siendo importante, porque la calle es el espacio democrático por excelencia. O debería serlo. Ahora, con la COVID-19, tendremos problemas para articular sus usos. Este problema ya existía. Pero en el fondo la COVID-19 ha magnificado los temas pendientes que ya teníamos delante, que es cómo conseguir hacer posible la convivencia de los usos en el espacio público de una manera democrática, pero sin que exista una competitividad negativa.

- ¿Y cómo se hace esto?

- Por ejemplo con el cambio de modelo en la movilidad. Es fundamental reducir el porcentaje de espacio público que ocupa el vehículo privado, que ahora está muy por encima de la proporción de personas que lo utilizan para desplazarse. Una de las únicas cosas positivas que ha traído la pandemia es que esto ya está en la agenda de todo el mundo. En un espacio compartido debes decidir qué priorizas. Y está claro que el transporte privado debe ser el gran perjudicado y que, por fin, tendríamos que poder ganar espacio público de una manera más tranquila, digamos, una oposición tan fuerte y de tantos actores como la que habíamos tenido hasta ahora en esta cuestión. Todo esto también es importante en relación al cambio climático. Es significativo comprobar cómo se han recuperado con tanta rapidez niveles tan bajos de contaminación en la ciudad... Yo particularmente no me lo esperaba. Es una maravilla.

- ¿La pandemia servirá para concienciar sobre la necesidad de limitar el uso de transporte privado? ¿Una cosa llevará a la otra? ¿Influirá en aquellos que deben tomar esta decisión en el ámbito institucional?

- La recuperación de la calidad ambiental de estos días, con la usencia de la contaminación producida por los vehículos, básicamente, creo que ha sido una evidencia tan grande que favorecerá que mucha más gente esté a favor de trabajar para mantenerlo, y estará dispuesta al sacrificio de una parte del sistema de movilidad. No dispongo de encuestas de la opinión de la gente, pero diría que todo esto ayudará a dar un paso que hasta ahora había costado mucho.

- ¿Cree que la pandemia ha cambiado el concepto generalizado que la gente tenía sobre la calle, aunque solo sea de manera inconsciente?

- Diría que sí. Una primera cosa que se ha puesto muy en valor es el carácter de espacio de convivencia que tiene el espacio público. Se han añorado mucho los encuentros rutinarios. Además, creo que se ha puesto en valor la calidad del aire, del cielo, la cantidad de pájaros que tenemos... es un gran salto cualitativo. Y de aquí surge otra cuestión, que es un cambio más difícil: la renaturalización de las ciudades. Las ciudades densas, como las nuestras, tienen el problema de la falta de espacio para poder infiltrar la naturaleza dentro. Otras ciudades, como las de tradición anglosajona, tienen esta costumbre que aquí no tenemos. Será necesaria una voluntad muy persistente para ir recuperando asfalto y sustituirlo por trozos de tierra replantados. Será necesario que, a medida que quitamos coches, podamos plantar grandes árboles en cada esquina. Debemos recuperar la posibilidad de infiltrar el verde en nuestras ciudades. Este seguro que será uno de los temas pendientes en el espacio público.

- ¿Tiene esto cabida en ciudades densas como las nuestras?

- Por supuesto. En esta cuestión radica siempre la discusión sobre el futuro de las ciudades: la ciudad densa que tanto hemos defendido, aquella en la que hay más interrelación y contacto, que provoca una cultura singular, que nos gusta, también se ha visto que es una ciudad en la que el contagio es más fácil y las pandemias más difíciles de controlar. Por lo tanto, el dilema entre ciudad densa y ciudad dispersa está volviendo a surgir. De todas formas, desde el punto de vista del cambio climático, no interesa para nada la dispersión. Por lo tanto, creo que la ciudad densa seguirá estando en valor para evitar la dispersión en el resto del territorio. Pero esta ciudad densa, seguramente, tendrá que partir de otros supuestos y, de entrada, tendrá que trabajar con sistemas de movilidad muy diferentes, humanizando su espacio público, infiltrando espacios naturales en el interior... Debe trabajar, en definitiva, para hacer compatible todo esto. Y este es el gran dilema con el que nos encontraremos. Ya hay gente que dice que debemos regresar al campo, que tenemos que repoblar los pueblos abandonados... Me gustaría pensar que esta no es la muerte de la ciudad, si no que tenemos que repensarla, tal como ya se hizo en el siglo XIX debido a las pestes, cuando hubo todos los planes de higienización con los sistemas de saneamiento. Aquí debe hacerse otro plan de saneamiento, tal como ya se hizo en su momento.

- Explica que la densidad es más beneficiosa en el ámbito ecológico, pero perjudicial en términos de salud. En la nueva transformación de las ciudades que habrá, si la hay, después de la pandemia, ¿qué criterio cree usted que pesará más?

- No le sabría decir hacia dónde iremos. Pero este es el gran dilema. Existe quien cree que la ciudad debe ser una ciudad de ciudades que tiene que organizar por barrios con autonomía propia, que tengan a su alcance centro asistencial, biblioteca, escuela... esto es lo que se está promoviendo en París, «la ciudad de los 15 minutos», que quiere decir que en este tiempo, a pie o en bicicleta, tienes que poder llegar a todos estos espacios de primera necesidad, incluso a los de encuentro con la gente. Si se trabaja área por área, yo creo que esto tiene sentido. Creo que en Barcelona se intenta hacer esto con el modelo de supermanzanas, que no solo es urbanístico, sino también de organización social. Esta es una de las grandes apuestas de futuro. En Barcelona, por ejemplo, los espacios culturales están todos agrupados y a la vez alejados. Para ir a ver un espectáculo tienes que ir al centro. Habría que pensar en otras zonas y espacios que cumplan con esta función. También pasa con los sistemas asistenciales, que se agrupan por servicios y no por localización. Debe ser al revés, las personas deben poder ser asistidas en un lugar cercano. También habrá que repensar los desplazamientos al centro de trabajo. Seguimos haciendo muchos y en estos días se ha visto claramente: han salido mapas de movilidad de gente que se seguía desplazando durante el confinamiento y es estremecedor, porque se mueven mucho desde la periferia. Los vecinos de los barrios más periféricos, normalmente los más vulnerables, son los que se suelen ocupar de hacer los trabajos más esenciales y, por tanto, los que más tienen que desplazarse hacia el centro de la ciudad. Seguramente los trabajos más esenciales son los que menos cambiarán en este sentido. Pero por otro lado, el teletrabajo ha llegado para quedarse. Todo el mundo se plantea si es preciso que los trabajadores trabajen ocho horas al día, cinco días a la semana, en el lugar de trabajo. Esto seguramente no será necesario. Y esto, evidentemente, afectará a la movilidad, tal como la hemos conocido hasta ahora.

- Por otra parte, hay quien asegura que el nuevo mundo vendrá determinado por las pandemias. En este sentido, ¿los espacios públicos podrían pasar a ser considerados un elemento de contagio? ¿Habrá que reinventar ciudades vaciadas?

- No creo que el espacio público se vacíe. Fíjese que todo lo que se piensa es un retorno a la actividad basada en el espacio público. La ciudad se salvará. Nos dicen que los espacios cerrados son los más peligrosos, lo que es cierto, por los sistemas de ventilación etc., y esto sirve para pensar en actividades al aire libre. Y esto quiere decir que toda la actividad cultural se reanudará en el espacio público, lo que irá en contra de los espacios cerrados.

- Y el miedo al contagio en la calle ¿puede incentivar el sedentarismo entre la ciudadanía?

- No me lo parece. Se ha producido una especie de salida explosiva los primeros días de desconfinamiento. Evidentemente habrá restricciones, pero las ganas de volver a formar parte del espacio público se han demostrado sobradamente. Solo hay que ver cómo están plazas, calles y parques en este periodo. Seguramente esto también se debe a las deficiencias del espacio privado, ya que si tuviera más calidad no se hubieran generado estas ganas de volver a salir. Pero yo diría que la ciudadanía, en general, ha demostrado unas ganas bestiales de volver a participar en este espacio público. Seguro que tendremos restricciones durante mucho tiempo. Seguro que habrá nuevas maneras de comportarnos en el espacio público, pero creo que volveremos a tenerlo. Yo de esto no dudaría.

- ¿Cree que los balcones y las ventanas pasarán a tener más importancia de ahora en adelante como elementos que refuerzan el espacio público?

- Seguro. La tendencia a no hacer balcones que ha existido desde los años cincuenta, inducida por las normativas, ha sido nefasta, e hizo que desaparecieran espacios exteriores. Se tendría que conseguir que se repensara la normativa, también para que también favoreciera espacios exteriores.

- La ingeniería urbana y la arquitectura han contribuido mucho a lo largo de la historia a que aumentara la esperanza de vida. ¿Cómo contribuirán a mejorar las condiciones vecinales en la etapa post-pandemia? 

- Creo que la renaturalización y la introducción del verde es importante. Repensar los espacios públicos, también. Habrá que eliminar el uso del coche tanto como se pueda para que haya más espacio para la gente. Y seguramente la tecnología también nos podrá ayudar: es probable que aparezca, sin sentirnos excesivamente controlados, tecnología capaz de medir la calidad del aire dentro de la vivienda. Si ha habido tanta domótica para encender el horno cuando estamos fuera de casa, seguro que se puede crear también para avisarnos de situaciones de insalubridad. También pueden surgir sistemas para poderte conectar con la gente que vive sola, a través de centralitas de barrio. Pero habrá que intentar reducir la contaminación al máximo y contribuir a la renaturalización de la ciudad. Habrá que encontrar una cierta reconciliación entre la agricultura y el urbanismo. Hay gente que, en estos días, que ha aumentado la compra de productos ecológicos y de proximidad. Ha habido una cierta vinculación, un cierto afán por controlar lo que se come, por la alimentación saludable. Esto deberá entrar en la cultura urbana.

- Respecto a la reconversión de las ciudades, ¿existe alguna en el mundo que apunte buenas maneras en este sentido?

- Hay muchas que se esfuerzan en ello. En Holanda y Alemania han hecho, por ejemplo, pequeñas ciudades o barrios ecológicos, responsables en términos de transición energética, en términos de emisión cero... en Europa, en los países nórdicos, también en Francia, trabajan en barrios nuevos. En la reconstrucción de la ciudad, París apuesta muy seriamente por ello. Y ciudades como Copenhague o Helsinki funcionan bien pero son muy poco densas. Estas han recuperado mucho el espacio público para el ciudadano, pero es imposible compararnos con ellas: la densidad de habitantes por kilómetro cuadrado es infinitamente más baja que la nuestra. Aquí tendremos que ser muy ingeniosos para encontrar la manera de hacerlo.

- ¿Cree que se dan las condiciones para encontrar estas maneras?

- Las tendremos que encontrar. Esta cuestión del contagio tan directo creo que la iremos solucionando por otras vías. Habrá unos hábitos de comportamiento y de higiene que no los perderemos. Pero que no nos podamos abrazar... Espero que algún día lo volvamos a hacer. Este problema del contagio tan directo se solucionará por la vía de la investigación sanitaria. Es como lo de las pestes: no se sabía de dónde venían hasta que se descubrió que se debía al agua corriente y se actuó en consecuencia. Cuanto más conozcamos el virus, más sencillo será enfrentarnos a él directamente. Por lo tanto, la proximidad la volveremos a tener. Pero esto no está desvinculado de los temas de emergencia climática. Habrá que tener presentes, por ejemplo, los hábitos saludables de los ciudadanos. Una ciudad nunca será autónoma desde el punto de vista alimentario, porque nunca tendrá la superficie suficiente como para cultivar todo lo que come. Pero habrá que introducir una agricultura urbana educativa, que ayude a tomar conciencia de lo que comemos. Será importante reforzar los vínculos con la agricultura. Creo que este sí que es un deber de la ciudad. Y al mismo tiempo, habrá que preservar el espacio agrícola que tenemos cercano a las ciudades. Esto es muy importante y hace referencia a la escala metropolitana, y es aquí cuando entramos en una cuestión de cogobernanza. Barcelona puede dar respuestas muy rápidas, pero los municipios más pequeños lo tienen más difícil y será preciso que estén bien liderados y dispuestos a colaborar entre sí.

Este artículo fue inicialmente publicado en la revista El Temps.

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