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16 diciembre 2015

Fluir por la ciudad: continuidad, ecología y producción

Enric Batlle

Fluir por la ciudad: continuidad, ecología y producción

«Las calles, las plazas y los parques de nuestras ciudades se pueden renaturalizar y conectar con los espacios agrícolas y naturales que aún conservamos. Una red de espacios urbanos con todas las conectividades posibles, que tengan continuidad ecológica, urbana y metropolitana y que compatibilicen la productividad con su utilización pública»

El Premio Europeo del Espacio Público Urbano se ha convertido en un observatorio privilegiado de los problemas y las soluciones a las que, en estos momentos, se enfrentan las ciudades europeas. Tal y como comenta David Bravo en «La sorpresa del Flâneur», el conjunto de intervenciones que se han presentado a las ocho ediciones del Premio demuestran que el concepto de espacio público urbano trasciende la tipología, la escala y el lugar donde se produce. Si no siempre son evidentes su condición de espacio y su condición de urbano, tampoco lo es su titularidad pública.

«La reconquista de Europa: espacio público urbano, 1980-1999» —la exposición que comisarió Albert García Espuche sobre espacios públicos recuperados durante las dos últimas décadas del siglo pasado— mostraba la reconquista de lo que ha caracterizado más profundamente a las ciudades europeas: «el carácter público de los espacios urbanos, así como su capacidad de cohesión social». La diversidad tipológica y topológica de los proyectos presentados al Premio nos lleva a pensar que aquella «reconquista» se está extendiendo, poco a poco, a la totalidad de los «espacios» de nuestras ciudades, haciendo que —sea cual sea su origen, su uso o su titularidad— seamos capaces de explorar sus múltiples capacidades de ser, también, «espacios públicos».

Dos ejemplos de proyectos premiados nos muestran claramente esta disolución de las fronteras de lo que podríamos definir como espacio público urbano. Dos proyectos de naturaleza tan distinta como la restauración paisajística del vertedero del Garraf —realizada por mi despacho y premiada en 2004— y la Ópera Nacional de Oslo —realizada por Snøhetta y premiada en 2010—: un paisaje degradado muy alejado del centro de Barcelona y un gran equipamiento cultural situado en el centro del puerto viejo de Oslo. Espacios públicos muy diversos que, con independencia de su regulación, desempeñan un papel muy importante en la composición de una ciudad cohesionada que quiera promover su apropiación por parte de los ciudadanos.

El vertedero del Garraf recibió la basura de la metrópoli de Barcelona durante casi cuarenta años. El proyecto se planteaba inicialmente como la resolución de un problema medioambiental que también requeriría de algún tipo de acción paisajística, pero quisimos abordarlo desde una perspectiva más global: consideramos que se trataba de un espacio público urbano y que debía dotársele de las infraestructuras necesarias para ser un espacio pedagógico, un espacio productor de nuevas energías y una nueva puerta en el Parque Natural del Garraf.

La Ópera Nacional de Oslo se situó en una parte del fiordo de la ciudad, segregada del resto del tejido urbano por las grandes infraestructuras construidas a lo largo del siglo XX. El gobierno planteó transformar ese lugar en un barrio emblemático que concentrara el principal foco de equipamientos culturales de Oslo y que articulara una nueva relación entre la ciudad y el fiordo. El proyecto del nuevo edificio desarrolla la idea de prolongar el espacio público de la ciudad por las cubiertas del palacio, que emergen suavemente de las aguas del puerto para ofrecer un espléndido nuevo punto de vista sobre el conjunto urbano. El edificio se convierte en una topografía y, tal y como explica Rafael Moneo, es un ejemplo muy sintomático del deseo que hoy anima a los arquitectos para que la arquitectura se disuelva y se convierta en paisaje.

En los últimos tiempos, el crecimiento de la conciencia ecológica nos ha llevado a plantear si ese amplio conjunto de espacios públicos con usos y regulaciones tan diferentes podría tener un segundo objetivo común: construir una red ambiental metropolitana que se infiltre por todos los rincones de la ciudad. Los espacios públicos, entendidos también como red ambiental, podrían ser la columna vertebral de los territorios metropolitanos. Las calles, las plazas y los parques de nuestras ciudades se pueden renaturalizar y conectar con los espacios agrícolas y naturales que aún conservamos. Una red de espacios urbanos con todas las conectividades posibles, que tengan continuidad ecológica, urbana y metropolitana y que compatibilicen la productividad con su utilización pública. Un conjunto de espacios productivos y equipados donde fomentar la biodiversidad, la producción de energía, el control de las aguas, el cultivo de alimentos de proximidad y la posibilidad de convivir con usos diferenciados que refuercen su carácter social.

Un sistema de espacios abiertos que debería construirse a partir de proyectos que permitan el movimiento de los flujos urbanos y ecológicos, resolviendo las sucesivas interrupciones de las continuidades deseadas. Unos proyectos que deberán alcanzar un objetivo estratégico muy importante para el futuro de nuestras ciudades: que los caminantes, los ciclistas, el transporte público, el agua, el aire y la vida puedan fluir libremente por nuestras metrópolis.

 

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