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20 octubre 2021

La belleza está en la calle

Daniele Porretta

Aunque la opción del confinamiento doméstico y del teletrabajo ha sido una realidad solo para una parte privilegiada de la población, no hay duda de que el relevo de toda una serie de actividades gracias a la tecnología es un aspecto real de nuestra sociedad.

La beauté est dans la rue
Cartel de mayo del 68

“Futuro”, una de las palabras que más se ha escuchado en estos últimos tiempos. Urbanistas, sociólogos y psicólogos han debatido también cómo será la ciudad poscovid-19. Algunas de las propuestas surgidas de estas especulaciones plantean la construcción de viviendas autosuficientes, equipadas con impresoras 3D para fabricar los objetos necesarios, además de huertos para producir alimentos. Buscaremos espacios higiénicos y asépticos, a prueba de contagio. En este futuro smart, los coches autónomos recorrerán las calles, los drones realizarán las entregas y la inteligencia artificial controlará el tráfico en las calles. Es posible que, después de las experiencias del confinamiento y de exposición a la infección, la tendencia sea la de encerrarse progresivamente en burbujas domésticas convertidas en espacio de trabajo y de relaciones sociales (virtuales), donde se concentrarían todos los aspectos de nuestra vida. En este futuro imaginario, las calles corren el riesgo de convertirse en un lugar de escaso interés o hasta potencialmente peligroso. Además, ¿qué necesidad habría de salir o de viajar si un hogar automatizado es capaz de ofrecer todo lo que se necesita?

En 1909 el escritor Edward M. Forster publicó un pequeño cuento de ciencia ficción titulado La máquina se para. Aunque el escritor británico sea recordado más por su mirada crítica sobre las relaciones y los conflictos de clase de la época victoriana, como en Regreso a Howards End (1910) y Pasaje a la India (1924) y, su incursión en la ciencia ficción representa una de las más interesantes distopías tecnológicas del siglo xx. Forster no fue el único escritor de su época que se preocupó por los efectos de la revolución tecnológica, una mirada sombría y escéptica aparece también en algunas de las páginas de Julio Verne y Herbert G. Wells. ¿Serían capaces los seres humanos de gobernar aquellas fuerzas que rápidamente estaban transformando todos los aspectos de sus vidas? El rechazo a la industrialización en Inglaterra, proceso que estaba cambiando radicalmente no solo las condiciones de los trabajadores, sino también el paisaje, llevó a la publicación de utopías antiurbanas y relatos ecológicos como Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris, donde en un futuro armonioso el campo sustituye a la ciudad contaminada y los barrios pobres son demolidos. Pero al leer hoy a Forster, es inevitable darse cuenta de que su intuición consiguió anticipar, mejor que otros autores, algunos temas de actualidad.

La protagonista de La máquina se para es una mujer de metro y medio de estatura llamada Vashti, un “bulto de carne” que vive en una habitación hexagonal, sin ventanas ni ventilación. Se pasa el día sola, nunca abandona su casa, y, sin embargo, conoce a miles de personas con las que tiene largas conversaciones mediante numerosos dispositivos tecnológicos. Pasa el tiempo sentada en un sillón, como de hecho hacen todos los demás habitantes del mundo, charlando desde una habitación completamente vacía y esperando recibir de estas “conferencias” algún tipo de gratificación personal. Su lugar es hipertecnológico: “Había botones e interruptores por todas partes: para pedir comida, música o ropa. Había un botón del baño caliente que, al apretarlo, hacía salir del suelo una bañera de mármol rosa (de imitación), llena hasta el borde de un líquido caliente e inodoro. Había un botón para el baño frío. Había un botón que producía literatura y, claro está, había botones mediante los cuales se comunicaba con sus amigos. La habitación, aunque no contenía nada, estaba en contacto con todo lo que a ella le importaba en el mundo.” (1)

La fantasía de un hábitat automatizado aparece también en otros relatos de la época, y las ciudades artificiales y las casas del futuro llenan las páginas de libros y revistas. En el cine mudo se ha jugado con los efectos cómicos de la tecnología, como hizo Segundo de Chomón en El hotel eléctrico (1908) o Charles Chaplin en Tiempos modernos (1936). Los mecanismos alimentan, afeitan, cortan embutidos y al final cortocircuitan, enloquecen. Pero la imagen de la máquina de Forster que alimenta a toda la humanidad encerrada en una ciudad subterránea es una representación del futuro particularmente oscura y deprimente. Vashti y sus amigos han dejado de ser humanos, aislados y desconectados entre ellos. Estos habitantes del futuro, una vez domesticada la naturaleza, viven bajo tierra en ciudades colmena, todas ellas iguales, recluidos en sus celdas, afectados por el “terror de la experiencia directa”, alimentados y controlados por una máquina que adoran como a una divinidad. Hasta que “Llegó un día en que, sin el menor aviso, sin ningún signo previo de debilidad, el sistema de comunicaciones se colapsó integralmente en todo el mundo; y el mundo, tal como lo habían entendido, llegó a su fin.” (2)

El relato de Forster posee dos intuiciones notables. La primera es la posibilidad de una vida encerrada en una celda, en la que nos hallemos rodeados de sustitutos virtuales de las relaciones humanas y alimentados a través de un sistema de entregas “a domicilio”. Los suministros llegan a través de tubos: nutritivos, medicinales y musicales. Un escenario que, inevitablemente, nos recuerda una de las consecuencias que ha tenido la pandemia sobre parte de la humanidad: la atomización, la desconexión y el aislamiento social en burbujas domésticas, asistidas por una tecnología que ha podido proporcionar herramientas de trabajo, diversión y hasta suplir las relaciones humanas. Aunque la opción del confinamiento doméstico y del teletrabajo ha sido una realidad solo para una parte privilegiada de la población, no hay duda de que el relevo de toda una serie de actividades gracias a la tecnología es un aspecto real de nuestra sociedad. La pandemia simplemente ha acelerado tendencias en curso: el comercio en línea, las plataformas de cine en streaming, las reuniones virtuales. Basta con mirar la subida de las cotizaciones de estas empresas y ver cómo se han incrementado las fortunas de sus propietarios. Todavía no se es consciente de los efectos sociales, laborales y hasta espaciales que viviremos en los próximos años, ya que también nuestras ciudades están destinadas a transformarse radicalmente. Los cambios se suceden de manera muy rápida, mucho más veloces que la capacidad de ser asimilados por la sociedad y regulados por la política. Aún no nos hemos dado cuenta de que, aunque en este momento en las calles tengamos centenares de riders entregando pizzas y furgonetas de Amazon haciendo sus repartos, es probable que tarde o temprano también estas tareas sean sustituidas por máquinas. Y algún día se verá por fin realizada la utopía de un sistema de producción, logístico y de distribución de bienes de consumo sin necesidad alguna de mano de obra. La casa será también el triunfo de aquella distopía del control total que muchos creyeron ver en las pantallas del Gran Hermano, mientras que de manera más sutil la recopilación de datos se realizaba a través de los sensores de las tostadoras, de los termóstatos y de las neveras.

El segundo aspecto interesante del cuento de Forster es la posibilidad de que esta relación de dependencia pueda romperse repentinamente. Que la máquina se pare. Es un escenario posible, del que los habitantes de Nueva York tuvieron una anticipación durante el apagón de 2003 y que los usuarios de Google experimentaron en diciembre de 2020, aunque por solo 45 minutos. Sería un experimento de ficción interesante imaginar cómo una civilización del futuro, todavía más dependiente de la tecnología que nosotros, reaccionaría a este repentino corte de suministros, pérdida de datos y desconexión generalizada.

Como han explicado de manera diferente Slavoj Žižek y Mike Davis, los retos a los que la humanidad se enfrenta hoy son tan importantes que nuestra única salida está en un cambio radical que, en el caso de Davis, implicaría recuperar el pensamiento utópico. Aunque la necesidad de rescatar la utopía, con su tendencia hacia una perfección totalitaria e inflexible, no sería deseable, es cierto que los relatos distópicos han llegado a un punto de saturación. El consumo de imaginarios apocalípticos, ahora que hemos acabado por vivir una realidad distópica de escala global, genera más cansancio que la atracción morbosa de hace unos tiempos. Entre las perspectivas más distópicas que se nos presentan, hay que contar la del mundo automatizado de Forster, la dependencia total de una “utopía” tecnológica que lo virtualizaría todo, relaciones sociales y laborales, del control ejercido por una máquina cuyos objetivos no conocemos, más allá de explotar nuestro rol de consumidores dóciles y sumisos. No nos queda más que recuperar el pensamiento radical y, no cabe duda, cualquier cambio posible necesitará que bajemos a la calle. “En las casas, nada bueno”, reflexionaba Louis-Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche (1932). Aunqueestascuatro paredes nos proporcionen una sensación de ilusoria seguridad —viéndonos cuidados, alimentados y entretenidos por la tecnología—, encerrarnos en las casas de Forster sería el peor de nuestros errores.

 

Notes: 

(1)Forster, Edward M., “The Machine Stops”, The Oxford and Cambridge Review, noviembre de 1909 (versión castellana: La máquina se para, Ediciones el Salmón, Alicante, 2016, pág. 24).

(2)Ibíd., pág. 77.

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