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Imagen previa a la intervención. Derribo del polideportivo municipal anexo al mercado de la Cebada.  © 2007

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En la década de 1870, varias plazas madrileñas se cubrieron con bellas estructuras metálicas para convertirse en mercados municipales. Una de ellas fue la plaza de la Cebada, una de las más antiguas de Madrid y llamada así porque en el siglo XVI los labradores de extramuros amontonaban en ella el cereal para separar el grano de la paja. Desde entonces, la plaza constituyó un epicentro de interacción social en el popular barrio de La Latina. Sin embargo, a mediados del siglo XX, los mercados decimonónicos fueron víctimas de un higienismo obtuso que los consideraba obsoletos y que los sustituyó por nuevos edificios de hormigón, mucho más pesados y encerrados sobre sí mismos. El caso del mercado de la Cebada se vio agravado en 1968, cuando a la nueva construcción se le adosó un polideportivo municipal que acabó ocupando el último trozo libre de la plaza.

Con el cambio de siglo, el Ayuntamiento promovió un plan de recalificación de los dos equipamientos públicos, que debían reconstruirse para pasar a ser gestionados por operadores privados. En agosto de 2009 se derribó el polideportivo, pero el inicio de la crisis dejó sin inversores la construcción de su sustituto. Un solar de 5.500 metros cuadrados, hundido y rodeado por una valla opaca, quedó a la espera de mejores tiempos en medio del casco histórico. Después de un año de silencio, el hueco fue objeto de una instalación enmarcada dentro del festival «La Noche en Blanco», que propone periódicamente ocupaciones efímeras del espacio público para reinventar la relación de los ciudadanos con Madrid. El solar acogió un «bosque de lluvia» y una piscina descubierta que, durante diez días de verano, fueron la alegría de La Latina.

objeto de la intervención

Mientras veían cómo la instalación efímera era desmantelada, algunos vecinos empezaron a preguntarse por qué tenían que renunciar a disfrutar de un lugar que les pertenecía mientras el Ayuntamiento no cumplía su promesa de levantar ahí un equipamiento público. Residentes de todas las edades, padres de escuelas cercanas y colectivos de jóvenes arquitectos se reunieron bajo el nombre de «El Campo de Cebada» con el reto de mantener el uso comunitario del espacio mientras no empezaran las obras. Abrieron una web de información y debate y celebraron numerosas reuniones en el bar de delante del solar, donde consensuaron un pliego de demandas para negociar con el consistorio.

Tenían claro que no querían alborotos nocturnos ni usos problemáticos. Tampoco nada permanente que justificara el retraso de las obras o que supusiera una alternativa al polideportivo prometido. Además, la burocracia oficial planteaba cuestiones espinosas: «El Campo de Cebada» no era una asociación formal ─para constituirla habrían tenido que esperar meses─, pero la cesión de un solar público, recibir subvenciones o presentar proyectos de adecuación requerían una entidad jurídica que pudiera mantener relaciones con la administración. También había que resolver aspectos cruciales como quién se encargaba de las llaves, cuáles eran los buenos usos y horarios, quién asumía el seguro, quién firmaba las obras y cómo se financiaban.

Pero, más allá de las reticencias y las dificultades, todo el mundo estaba de acuerdo en la voluntad de explorar un nuevo modelo de colaboración entre el Ayuntamiento y el barrio y, sobre todo, en que el solar debía dar cabida a todo tipo de actividades que fomentaran las relaciones sociales y que fueran propuestas, decididas y gestionadas bajo la responsabilidad de los propios vecinos. Con ese espíritu y con el apoyo de asociaciones vecinales consolidadas, en febrero de 2011 se pudo firmar un acuerdo de cesión temporal con la Concejalía de Hacienda, titular de la parcela.

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Las primeras actividades celebradas en el solar fueron las asambleas semanales, de las que surgieron comisiones específicas para proponer, considerar y aprobar actuaciones. En la web de «El Campo de Cebada» y en las pizarras colgadas en la entrada del solar se recogen todavía dudas y propuestas de internautas y paseantes, mientras se les informa de los eventos programados. Rápidamente el espacio fue desbrozado y equipado con dotaciones básicas, como una instalación propia de agua y electricidad o unas pistas deportivas con sus canastas de baloncesto, sus porterías de fútbol y las correspondientes líneas trazadas en el suelo.

El gris del cemento ha ido sucumbiendo a colores y grafitos de la mano de pintores voluntarios y artistas locales. Sobre el suelo hay un tendido de hormigón que permite a los niños patinar e ir en bicicleta al amparo de los coches. Se fabrican elementos de mobiliario urbano con materiales reciclados, actividad que ha acabado dando lugar a talleres de «urbanismo efímero hecho a mano». Los muebles manufacturados son móviles y versátiles, de modo que, cuando hay partido, pueden disponerse alrededor de la pista. El éxito del equipo de baloncesto local ha motivado que los vecinos construyeran unas gradas sobre el talud de la rampa que da acceso al solar. También se han plantado huertos sobre grandes cajones con ruedas que pueden desplazarse para que siempre les dé el sol. Evidentemente, los cuidan los propios vecinos, que organizan periódicamente cursos de botánica y horticultura. Para combatir el implacable verano madrileño, se ha construido un porche con una estructura metálica sobre la que pueden sujetarse grandes lonas recicladas para cubrir todo el solar. Sobre el porche hay un contenedor en el que se almacenan herramientas y muebles y una terraza que sirve de palco cuando hay espectáculos y actos públicos.

Lo cierto es que los hay muy a menudo, ya que la programación de representaciones teatrales, cine al aire libre, conferencias y conciertos es intensa y constante. Una de las actividades más refrescantes es el «Piscinazo», que despliega en verano varias piscinas hinchables en las que se hace taichí, gincanas de agua y «street workout», una modalidad de gimnasia en la calle. También se celebran ahí las fiestas locales, bailes tradicionales y verbenas populares. «El Campo de Cebada» es incluso un lugar de oportunidad para iniciativas particulares de carácter social, como los debates bisemanales de profesionales de la educación, los «Desayunos ciudadanos» mensuales o las reuniones periódicas para resolver conflictos vecinales.

valoración

«El Campo de Cebada» es un experimento repleto de lecciones para administradores, técnicos y ciudadanos. Los primeros pueden tomar buena nota de su informalidad espontánea, que desafía las vías reglamentarias comprometiéndose con la transparencia, la participación y la inclusión social. Plenamente consciente de su provisionalidad, la iniciativa nace de una disputa con la administración para acabar estableciendo con ella una relación simbiótica de la que todo el mundo sale ganando. Además, su austeridad fértil y alegre sienta un valioso precedente que puede replicarse por doquier en una época tan llena de proyectos encallados en la inviabilidad.

De cara a los arquitectos e ingenieros que dan forma al espacio urbano, «El Campo de Cebada» ofrece el valor de la temporalidad. Es un calendario consensuado y no una configuración impuesta lo que rige el solar. Contrariamente a lo que sucede con tantos otros espacios públicos que parten de la formalidad para inaugurar marcos físicos que deben producir funciones determinadas, aquí el uso precede a la forma. Los contenidos conforman constantemente un continente versátil y flexible a lo largo de un proceso dinámico y abierto en que los técnicos nunca abandonan la obra; son cómplices de los usuarios, porque forman parte de ellos y porque los forman compartiendo con ellos destrezas y objetivos.

En cuanto a la ciudadanía, «El Campo de Cebada» es un alegato contra la indiferencia, una prueba de que es posible hacer ciudad entre todos, de que hay vida más allá del urbanismo planeado de arriba abajo. Después de haber estado durante décadas totalmente edificada, la Cebada merece de nuevo la consideración de plaza, pues cuenta con una superficie al aire libre dispuesta a llenarse de usos comunales. En lugar de permanecer como un hueco indefinidamente abandonado e inaccesible, el solar ha alcanzado de pleno derecho la condición de espacio público. Y todo el mundo ha podido comprobar que se disfruta de esa condición en la medida en que el espacio es compartido.

David Bravo │ Traducción de Maria Llopis

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  • ernesto
    Enviado Miércoles, 24 de Junio, 2015
    bueno se puede comparas con las comunas de la ciudad de buenos aires, y la participación ciudadana se supone que no soportan a LA CORPORACIÓN POLITICA

ficha técnica

CIUDAD: Madrid (3.102.664 habitantes)

PAÍS: España

INICIO DEL PROYECTO: 2010

INICIO DE LAS OBRAS: 2010

FINAL DE LAS OBRAS: 2010

SUPERFICIE TOTAL: 5.500 m2

COSTE TOTAL: 41.900 €

WEB DE LA OBRA: www.elcampodecebada.org

créditos

PROMOTOR:

EL CAMPO DE CEBADA, FRAVM [Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid], Asociación de Vecinos La Corrala, AVECLA [Asociación de Vecinos de Centro - La Latina], Área de Gobierno de Economía, Empleo y Participación Ciudadana -Ayuntamiento de Madrid-

AUTORES:

EL CAMPO DE CEBADA

COLABORADORES:

Vecinos de La Latina, Activadores de Espacios Públicos, Ciudadanos de Madrid, FRAVM, AVECLA, La Corrala, Concejalía Distrito Centro de Madrid Área de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Madrid.

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