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Pont temporarie sur le canal de Charleroi

Bruxelles (Bélgica), 2014

Un festival urbano sin ánimo de lucro reclama la conexión de dos barrios con realidades sociales muy desiguales salvando el canal por medio de un puente efímero hecho con los componentes estándares de una grúa de construcción.

ficha técnica

CIUDAD: Bruxelles (145.000 habitantes)

PAÍS: Bélgica

INICIO DEL PROYECTO: 2014

INICIO DE LAS OBRAS: 2014

FINAL DE LAS OBRAS: 2014

SUPERFICIE TOTAL: 106 m2

COSTE TOTAL: 50.000 €

créditos

PROMOTOR:

Platform Kanal / Architecture Workroom Brussels

AUTORES:

Gijs Van Vaerenbergh

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descripción

estado anterior

 El canal de Charleroi delimita el lado occidental del Pentagone, antiguo recinto amurallado del centro histórico de la capital belga. A pesar de esta centralidad, los puentes que lo atraviesan lo hacen con poca frecuencia, dejando entre sí separaciones de más de setecientos metros. Esto convierte el curso de agua, de cerca de cincuenta metros de ancho, en una barrera socioespacial entre dos Bruselas muy desiguales. Mientras que en la orilla suroriental se extiende un territorio rico en monumentos turísticos, tiendas caras, calles peatonales e inmuebles imponentes, la orilla opuesta coincide con los términos municipales de Molenbeek-Saint-Jean y de Laeken, amalgama de barrios pobres y estigmatizados, abundantes en población migrada y no exentos de conflictos sociales.

Durante décadas, las industrias que poblaban esta orilla se han ido trasladando a periferias amplias y lejanas, dejando atrás un rastro de fábricas viejas y abandonadas. Desde hace unos años, este paisaje fabril está en plena transformación y muchos de sus vestigios se han renovado para acoger nuevas actividades. Es el caso del complejo «Tour & Taxis», que tan pronto da cabida al salón del libro como a la feria de anticuarios, el mercado del diseño o grandes festivales de música. La regeneración del sector está propiciando que las actividades culturales y terciarias del centro franqueen la barrera del canal y se propaguen hacia la otra orilla. Al mismo tiempo, sin embargo, la supuesta mejora entraña el riesgo de desencadenar un proceso de gentrificación. Como viene ocurriendo en otros centros europeos desde los años ochenta, el incremento de los atractivos del sector puede provocar la subida de los precios de los alquileres y la expulsión de los residentes y los comerciantes con menor poder adquisitivo.

objeto de la intervención

 Ante este peligro, en verano de 2008 se fundó la «Platform Kanal», una iniciativa ciudadana sin ánimo de lucro decidida a promover la reflexión y el debate sobre los retos y las oportunidades de este sector en transformación. A partir de 2012, la plataforma decidió convocar cada dos años el «Festival Kanal», una cita veraniega que quería llenar el lugar de actividades efímeras para reivindicar una estrategia de mejora urbana que, además de evitar la gentrificación, fuera realmente inclusiva.

En el año 2014, los organizadores encargaron al arquitecto Gijs Van Vaerenbergh que diseñara el escenario principal de la segunda edición del «Festival Kanal». Sin embargo, el arquitecto les hizo una contrapropuesta, quizás menos utilitaria pero, sin duda, muy simbólica y afín a los objetivos finales del festival: destinar el presupuesto previsto para el escenario —unos 50.000 euros— a otra estructura temporal que sirviera para conectar, aunque fuera de manera momentánea, las dos orillas del canal.

descripción de la intervención

Durante cuatro días, la pasarela pasajera proporcionó a los peatones una conexión insólita entre las dos orillas del canal de Charleroi. Tenía una luz de cincuenta metros y estaba formada por dos brazos prismáticos, ligeramente inclinados, que convergían en un ángulo obtuso con el vértice en el centro del canal. Aparte de mejorar su resistencia, esta doble inclinación garantizaba al puente un gálibo que no entorpeciera la navegación habitual del canal. También convertía el punto medio en un mirador con una insólita panorámica sobre el eje del canal. Además, la pendiente del tablero ocultaba a los peatones el extremo opuesto de la pasarela, de tal modo que reducía su longitud perceptiva, un efecto visual muy propio de los puentes venecianos.

Los dos brazos, idénticos, eran elementos reciclados y reutilizables, hechos con los componentes alquilados del tallo principal de una típica grúa de construcción. La sección cuadrada y hueca de este tallo prismático, hecha con celosías de barras metálicas amarillas, aportaba a la pasarela la resistencia, la transparencia y la amplitud suficientes para la circulación de personas en su interior. De sus cuatro lados, los dos verticales servían de barandilla, mientras que el superior hacía de techo y el inferior, revestido con una tarima de madera, hacía de tablero.

De toda la estructura, los únicos componentes especialmente diseñados para la ocasión eran los de unión. A ambas orillas, una pieza metálica anclaba cada uno de los dos brazos prismáticos a una pila de bloques de hormigón prefabricado que hacían las veces de cimientos. En el punto medio del puente, cuatro piezas metálicas idénticas fijaban el encuentro angular entre los dos brazos prismáticos. El día de la colocación en obra, desde una de las orillas, un camión grúa de grandes dimensiones elevó los dos brazos unidos en un solo cuerpo y los dispuso transversalmente sobre el canal. En el momento de la clausura del «Festival Kanal», el puente fue retirado con la misma facilidad y sin dejar rastro en los muelles de las orillas.

valoración

Donde sí que dejaría huella y durante mucho más que cuatro días es en la conciencia colectiva. En efecto, la pasarela del «Festival Kanal» encendió un debate sobre la necesidad de conectar ambas orillas de forma permanente. Pero, una conexión como esta, ¿serviría para revertir la marginalidad de Molenbeek-Saint-Jean y acercar el municipio marginado al centro de Bruselas? ¿O sería más bien la gentrificación la que cruzaría el puente en sentido contrario? No sería la primera vez que la mejora bienintencionada de un sector urbano incrementa su atractivo inmobiliario y termina expulsando a los vecinos con menor poder adquisitivo. El planteamiento de este tipo de contradicciones es muy coherente con el propio fenómeno de la gentrificación, que presidía los debates del «Festival Kanal».

También es coherente el carácter provisional del puente, que remite a las estructuras desplegadas por los militares en situaciones de emergencia. Y es que, en el viejo continente, cada vez es más alarmante el número de centros históricos que pierden una de sus características únicas y más auténticas: la profusión de vecinos y pequeños comercios. En toda Europa, la industria turística o el mercado inmobiliario provocan la gentrificación de los tejidos urbanos hasta hacer que desaparezcan los tejidos sociales. Cada vez queda más claro que, más que embellecimientos del espacio público, estos barrios reclaman soluciones públicas de emergencia. Y de ahí aún podría surgir una última paradoja: para hacer frente a la gentrificación de un barrio, ¿acaso no sería mejor dotarlo de un buen parque de vivienda pública antes que disipar esfuerzos con festivales y estructuras temporales? Pues no. La cultura es una herramienta de transformación social totalmente irrenunciable a la hora de concienciar a los ciudadanos. Y los ciudadanos, demasiado a menudo, aunque a riesgo de ser expulsados, todavía recelan de que en su barrio se construya vivienda social. Por ello son necesarios los símbolos de emergencia.

David Bravo │ Traducción de Maria Llopis